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EL DRAGÓN MÁGICO
Cuento para dormir princesas
Por: César Daniel "Lobo" López
Me gusta pensar que las cosas que me suceden a mí y a los demás son ocasionadas por nosotros mismos, por ello no creo en la magia, ni en el refrán popular de: “las cosas pasan por algo”, ni en el destino, y las estrellas me parecen hermosas, relucientes, pero nada hay escrito en ellas.
Aunque hay una magia en la que si creo: la magia natural que todos llevamos dentro, aquella que nos transporta, que nos vuelve soleado el día mas gris, aquella que mueve montañas....aquella que nace de la voluntad humana... creo en la grandeza del hombre y en su espíritu, pero sobre todo: creo en la magia de los dragones.
Eran los últimos semestres de la facultad de Artes, los más difíciles. Era raro darse a notar entre las extravagancias propias del medio artístico, sobre todo por mi excesiva timidez y por lo fácil que me impresionaba de oír hablar a mis compañeros con palabras cultas y frases rimbombantes. Destacaba sólo por mi habilidad para dibujar caricaturas, lo cual para mi era un arte; pero con todo y ello, acababa de suspenderse la publicación de una revista de caricaturas donde trabajé y empezaba a darme a conocer y me hice de buenas amistades y relaciones; además de lo anterior, mi vida sentimental era deplorable, no me adaptaba al medio escolar y mi cerebro libraba grandes batallas por crear un trabajo artístico digno de mención. Pero estaban cerca los exámenes finales y debía pensar en algo, así que me dirigí al único lugar que sentía que alimentaba mi imaginación: una tienda de comics por el centro de la ciudad.
Para mi el cómic, al igual que la caricatura, eran arte genuino, creo que por ello no comulgaba del todo con el “gremio artístico” -mas ocupado en cosas abstractas, existenciales y metafísicas -, pero para mi estar en medio de esas portadas llenas de colores, personajes heroicos y aventuras inspiradoras era como sentirme en casa, o por lo menos en un lugar donde refugiarme y donde encontrar fuerzas para enfrentar al mundo de afuera. Absorto como estaba, tardé en percatarme de que tenía largo rato que un par de ojos me observaban sin el menor disimulo: era una niña, en la mano sujetaba un libro que se me hizo extraño para su edad (unos doce años): era el “Bestiario de Tolkien”. Más raro aún fue cuando con toda la confianza y familiaridad del mundo se me acerco y empezó a hablar conmigo:
-“Hola ¿tu eres el Lobo López?”, preguntó. Pocos me llamaban por mi seudónimo de caricaturista, por lo que me sentí realmente sorprendido, - - “Hola, pues si... así me llaman amiguita”; fue lo único que pude responder,
“-ah, nos gustan tus dibujos, mi mami me compró “El Cuauhperro”; y se ríe mucho cuando lo lee”.
Mi sorpresa fue aún mayor, pues el trabajo al que se refería era un librito que publiqué hace años entre un grupo pequeño de amigos y que en realidad, no esperaba que nadie mas conociera.
- “¿en serio?, Híjole, pues ojalá les haya gustado”; dije. La madre de la chiquilla, que estaba ahí cerca la llamó entonces para irse y ella corrió a su lado contándole sobre su ”descubrimiento”, lo decía emocionada como si se hubiera topado con una estrella de cine o alguien realmente importante (me señalaba algo emocionada y me hizo sentir muy apenado). La señora me sonrió al salir y la niña hizo lo mismo, junto con un sonoro –“adiós lobito”, afuera pude oír que la madre le decía:
-“ssssssh, no le digas así al señor, que se puede molestar!” ...(¿¡”señor”?! me repetí a mis adentros ¡“Tengo 21 años”!); la encargada de la tienda, que era mi amiga por las tantas veces que frecuentaba yo el lugar, me empezó a bromear sobre el hecho “Uuuuyyy, ya tienes admiradora, ¿ahora quien te va a aguantar?”
–“¿quiénes son?”- Pregunté intrigado,
-“Vienen seguido, la señora compra libros de pintura, el señor de arquitectura y a la niña le compran cosas de dragones, creo que le gustan mucho los dragones”- contestó mi amiga. Se hizo de pronto un silencio de esos que pesan en el ambiente y fue mi amiga quien rompió el hielo: -“creo que la niña tiene leucemia”.
Ya en la calle, mi reflexión sobre lo sucedido fue muy superficial: -“ vaya, una única admiradorcita y me sale con tamaño problema”.
"...El incidente pasó junto con los días, simplemente como una experiencia curiosa pero pronto mi vida volvió a lo normal (es decir: a nada), mis exámenes fueron de regulares a malos, mi vida sentimental era inexistente, y mi poca fama de caricaturista se desvanecía del mismo modo en que había llegado. ¡Volvía a ser un don nadie! Y me sentía como tal. Meses después, mientras caminaba por el centro, (por un puesto de revistas, para variar) escuche de nuevo aquella vocecilla familiar: “¡lobito...adiós lobito!”, cuando volteé, vi pasar a un auto en cuyo interior estaba mi pequeña admiradora con una gran sonrisa, Pero lo que mas recuerdo era el dragón de trapo que sujetaba en sus manos y que al tiempo que saludaba, parecía que en verdad volaba por las nubes que reflejaba el parabrisas trasero del auto. Para cuando contesté el saludo ya estaban fuera de mi vista.
Algo se movió en mi en ese instante, los motivos que me llevaron a hacer lo que siguió, nunca los supe del todo, pero me llené de pronto de una inquietud muy grande y aunque sabía que en destino de la chiquilla era irremediable... quería hacer algo, no podía dejarlo así: ¡se lo debía a una pequeña admiradora! y aunque no sabia exactamente qué hacer, regresé a la tienda de comics y empecé a platicar con mi amiga sobre las cosas triviales de siempre. Luego de un rato tan delicadamente como pude, le comenté de mi reencuentro con la pequeña y le pedí que me facilitara un modo de ponerme en contacto con su familia, cosa que por supuesto se negó a hacer. Al insistirle en el tema me bombardeó con preguntas de todo tipo sobre mis motivos para querer saber el porqué de ello. Sin nada convincente que poder decir (o inventarle) solo pude externarle el sentimiento que me producía el que una niña pequeña tuviera que padecer una desgracia como la suya, y estuvimos largas horas discutiendo sobre lo falto de ética que sería el darme la dirección de un cliente y lo inútil de mis buenas intenciones -fueran las que fueran-.
Sin ocultar mi molestia, le di la razón y me fui con una sensación de derrota a cuestas... “mejor me dedico a arreglar mis propia vida”.
No era mi intención hacer una escena por eso, pero tal vez mi amiga vio el pesar en mi cara y por ello, haciendo a un lado su convicción, me dijo días después: “creo que por ahí debe haber una factura con los datos que buscas”;¡Al fin tenía un número telefónico
En mis manos!, seguía sin saber exactamente que hacer, pero una idea aún no consolidada ya trabajaba en mi cabeza: si... ¡sería un dragón!
Antes de marcar el teléfono por vez primera, tuvieron que pasar varios días durante los cuales, no tenía la más remota idea de lo que haría o lo que diría, de cual era el “plan” a seguir, pero en los que tenía bastante claro que no dejaría sola a la pequeña. Desde la primera vez que llamé contestó ella, su vocecilla en el teléfono sonaba a caricatura y de inmediato empezó a hacerme plática, así como así: sin la mas mínima curiosidad por saber quien llamaba, yo estaba inquieto y no era para menos, si sus papás tomaban el teléfono y me preguntaban quien era o que quería, o si malinterpretaban mis acciones no sabría que decir. Pero esa tarde fue muy agradable platicando con mi pequeña amiga, mi interlocutora me hizo volver a la ingenuidad y la inocencia que queda sólo en la niñez (y que por alguna razón: yo necesitaba tanto). Terminamos de hablar como si ya nos conociéramos de toda la vida y como si fuéramos los mejores amigos desde siempre, no preguntó mi nombre nunca, pero yo supe el suyo: Samanta.
"...Era curioso, pero parecía que los padres de la pequeña confiaban en la persona que platicaba con su hijita, tal vez por ello nunca me tocó que me contestaran el teléfono los martes a las seis. Los temas de conversación entre la pequeña y yo eran sobre mundos mágicos, llenos de hadas, seres míticos y duendecillos traviesos (basándome en el libro que le vi en sus manos la vez primera), y sobre todo: de dragones, era extraño sentirme en contacto con mi parte cursi y era entretenido a la vez, yo mismo me desconocía. Aunque después de un tiempo, era lógica la pregunta obligada, y al final de una conversación me cuestionó:
-“¿quién eres?”. No lo esperaba y solo se me ocurrió decir:
-“soy tu amigo”-;
-“eso ya lo sé, pero ¿quien eres?”, insistió. Tomé aire y me decidí a llevar mi plan adelante:
-“soy tu amigo: el Dragón mágico” contesté con toda la solemnidad posible. Se hizo una pausa incómoda hasta que la volví a escuchar reír y decir en tono alegre: -“ya lo sabía”; y colgó.
Los siguientes días de mi vida tuvieron de todo: amores efímeros, altibajos en las cada vez mas pesadas clases, nula vida social, exámenes extraordinarios uno tras otro y eternas noches de desvelos, pero para mi extrañeza, me sentía bien, renovado y viendo el mundo con ojos curiosos, descubriendo dentro de todo lo cotidiano una historia que descubrir y contar, y desde luego, pensaba mucho en la pequeña Sami -como la llamaban sus papás- y sonreía al hacerlo, mi cerebro maquinaba ya nuevas historias para contarle, desplegando una creatividad, imaginación y elocuencia que ya hubiera querido tener en clase: le narré, por ejemplo: la historia de “Monín” un duende en una pequeña aldea que nació sin vista ni oído, pero un pequeño elfo con una red mágica, partió en un viaje para capturar el perfume de las flores, el rumor de la cascada, los colores de los campos, las flores y el arco iris y con ello pudo devolverle la vida al pequeño duendecillo y los sentido perdidos, en otras, le contaba el cómo unos niños huerfanitos debían hallar una luz mágica para encontrar el regreso a casa. Al final, éstos volvían a nacer de nuevo y sabían al fin lo que era el amor de una madre; en otras mas, le narraba mis aventuras propias como dragón y mi condición de mágico. No tardé mucho en notar lo que sucedía: mi intención original era llevarle con mis historias a la pequeña Sami una pequeña luz de esperanza en sus difíciles momentos, una distracción cuando menos, pero conforme pasaba el tiempo y platicábamos mas, me di cuenta de que era yo el que estaba siendo salvado, de que era la pequeña la que me estaba dando la vida con sus risas, su ingenuidad, su imaginación y su inocencia, era ella la que me estaba llenando de luz en los momentos mas difíciles de aquella: mi gris vida de entonces.
Envalentonado por la inyección de energía que me daban el platicar con ella y el descubrir cosas nuevas de mi mismo, me aventuré a hacer algo osado para un examen final en la Escuela: ¡dibujaría un dragón!, representaba todo un reto, y ya imaginaba las críticas de mis compañeros y maestros: “mmmmm, infantil, demasiado figurativo y populachero”, Pero aún así, estaba decidido a hacerlo.
En una de las últimas conversaciones, mi amiguita me contaba sobre las cosas que haría en mi mundo -el de los dragones-, y su relato era agradable, pero en algún momento, la plática se me salió de control y se propició una situación incómoda:
-“¿tu puedes volar?”-pregunto Sami,
-“así es, yo puedo volar y viajar a muchos lugares por que soy mágico”- presumí en un tono muy propio y arrogante;
-“si puedes hacer esa magia... entonces ¿puedes hacer que no me muera?” fue su pregunta cargada de una inocencia tan grande, que me hirió mucho. Tardé en contestar, sabía que debía decir algo y rápido, pero ella se me adelanto:
-“esta bien, no importa...mi mami dice que iré a donde están los angelitos…no tengo miedo” fue su respuesta salvadora a mi silencio.
–“lo siento Sami, hay cosas que no puedo hacer aunque quisiera”- dije tratando de ocultar la profunda tristeza que me invadió en el momento. Ya no sabía que decir, temía que si hablaba, se desatara el nudo en la garganta que estaba reprimiendo y entonces, el momento se haría aún más terrible.
La pequeña nuevamente salvó la situación con su inocencia, que para ese momento se me hacía un bálsamo:
-“cuándo me vaya de aquí... ¿podré volar contigo?” - dijo....
–“te lo prometo, pequeña... volaremos todo lo que quieras”.
"....Para variar, una excursión a México le puso algo de color a mi vida, visitamos museos y varios sitios interesantes, para ese entonces había dominado un poco el miedo a hablar con mis compañeros o no me importaba tanto: ya estaba desencantado de sus frases intelectualoides y su palabrería abrumadora, ya me había dado cuenta que aunque talentosos en su técnica algunos de ellos, en el fondo eran personas normales y yo estaba empezando a descubrir algunos talentos ocultos o dormidos, como el de la guitarra, la cual tenía largo tiempo que no tomaba.
Supe por un maestro en el viaje, que mi dibujo del dragón no solo había sido aprobado, sino que tuvo muy buena aceptación. “Ese dibujo ya tiene destinatario: ¡será propiedad de mi pequeña amiga!” pensé. Y nuevamente me vino la pequeña a la mente.
En las historias que narraba durante nuestras conversaciones, ella solía ser una princesa encantada que vivía en una torre y yo era una especie de fiel guardián y guía, le enseñaba como era la vida en el mundo mágico de los dragones (a donde iría después de éste) y ella era muy curiosa, le encantaba preguntar y enterarse de todo, poniendo a prueba mi creatividad, me fascinaba que me preguntara cosas e improvisar respuestas sobre ese mundo lleno de encanto que habíamos creado. Era un modo de descubrir un mundo interior que habitaba en mí, y que al describírselo, yo mismo lo descubría y me maravillaba.
Tomaba muy en serio mi papel de ser mágico; (si yo mismo no me lo creía ¿cómo podría convencer a alguien más de que lo era?) Y después de un tiempo, descubrí algo: el hecho de que la fascinación que sentía la pequeña Sami por mi trabajo como caricaturista y como dragón mágico, no estaba en lo talentoso que yo pudiera ser, puesto que no lo era, o no mas que mis compañeros de escuela, por ejemplo. No, el secreto era muy sencillo y desde que lo descubrí mi vida se convirtió en un buen lugar para estar, me di cuenta de que la magia existe, al igual que los “dragones”, y que éstos pueden en verdad influir y cambiar las vidas de las personas, tal y como sucedió entre nosotros. Yo como el mítico ser y la pequeña Sami como una linda princesa, con sus enormes ojos, sus rizos negros, su vocecilla de duende travieso y su sonrisa de sol al alba... Aunque sólo pude verla un par de veces.
La última vez que llamé estaba emocionado por el regalo que quería darle; Pero desde el momento en que la voz -muy ronca- de su madre contestó la bocina, supe que algo no estaba bien, pero bueno, supuse que algún día tenía que encontrarlos en el teléfono:
-¿bueno?- dijo la señora...y yo no contesté. Luego de insistir un par de veces, dijo tratando de obtener respuesta: - “¿es usted verdad?,¿es su amigo con el que ella platicaba?,¡le voy a dar una dirección, por favor venga a la casa, quisiéramos conocerlo y que nos acompañara...mi esposo quiere agradecerle...” no escuché mas; tiré el teléfono y corrí hacia donde mis pasos me llevaron hasta que el cansancio me venció, me tiré en el suelo y ahí exploté en llanto, tardé en digerir lo que pasaba: mi amiguita ya se había ido… a donde están los angelitos…
Al otro día con algo de más calma, aunque impaciente, busqué en los diarios y ahí estaba una esquela que llamó mi atención: hacía tres días que me había dejado. Visité el lugar de su última morada en esta tierra y luego de un rato de buscar la encontré al fin, tal y como debía ser la tumba de una princesa: repleta de flores y radiante. Me senté con mi amiga, platique con ella, conté un último cuento y luego de un rato, pude ver que entre las coronas que dejaron sus compañeritos de escuela y las flores había una hoja de papel doblada y maltratada por los días de lluvia... era un dibujo: un dragón verde, panzón, con unos cuernitos saliendo de sus sienes, un par de pequeñas alas en su espalda que difícilmente le harían levantar el vuelo y una mancha amorfa y amarilla que simulaba una flama, estaba hecho con líneas irregulares: chuecas, coloreado con pinturas de palo que se salían del contorno de las líneas, en un estilo que –según mi reciente formación académica- sería un dibujo terrible, y sin embargo… nunca mis ojos contemplaron algo mas hermoso. Mis ojos… ya reeducados por el secreto que mi pequeña amiga me había enseñado y que tardé un tiempo en descubrir: que si reía con mis historias y viajaba con ellas, que si admiraba mis limitados dotes artísticos, que si era capaz de creer que los dragones existen (y que son mágicos, y que hablaban con ella), no se debía a mis talentos o carencias: sino a las enormes ganas de vivir que tenía la pequeña; a esas ganas que le hacían disfrutar al máximo los mas pequeños detalles de la vida: los cuentos mas simples, los dibujos mas sencillos, las personas más inocentes. Tal era el verdadero poder de la magia que el dragón nos había legado a ambos… Junto al dibujo infantil, estaba escrito un mensaje con tinta y letras evidentemente adultas: “gracias por todo señor dragón”...
Aún hoy en día, cuando en las noches miro el cielo azul oscurecerse, pareciera que puedo ver por las nubes a la pequeña Sami, como una princesita celestial, y desde la tierra, recuerdo con una sonrisa a mi pequeña amiga: la que me devolvió la esperanza, la que me enseñó que la magia sí existe y está en de nosotros mismos el saber encontrarla.... Hoy, donde quiera que estés pequeñita: vive por siempre, y ríe, y canta, y baila y juega... y vuela feliz sobre el lomo de tu dragón mágico
... Hacia tierras lejanas y fantásticas.
Samy y su dragón Mágico. Dibujo de Cesar Daniel "Lobo" López
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