Leyendas de hadas
Grig
Bordeando
el río Dee, junto a las colinas galesas, una viejecita, paseaba cada mañana
dejando en cada árbol una manzana hasta llegar al pueblo. Todos pensaban que
estaba loca y los niños se burlaban de ella, pero los que la conocían aseguraban
que no había señora más encantadora.
Lo que más sorprendía a sus vecinos no era su extraña costumbre de ir dejando manzanas, sino que riera a carcajadas cuando las colocaba sobre las ramas. Como no quería que se burlaran de ella, su neciecita se peleaba con los niños del pueblo.
La niña les explicaba que su abuela no estaba loca, que hablaba con unas haditas y que si se fijaban bien verían unos pequeños seres vestidos de verde y con un gorrito rojo que recogían las manzanas.
Una mañana su amiguito quiso acompañarla al bosque para que pudiera enseñarle que había su abuela. Ese día la siguieron muy cerca y pudieron ver como se paraba ante cada árbol. Hablaba sola y luego se reía. Entonces se acercaron al primero árbol, pero la manzana ya había desaparecido.
Se acercaron al segundo y vieron una cabecita muy diminuta asomándose. La cabecita les saco la lengua y su cara era tan divertida que no pudieron parar de reírse
